Zúnduri cuenta que todo comenzó cuando se escapó con su novio a
los 17 años. La pareja se fue a Ciudad de México, pero la relación no
funcionó y al poco tiempo se vio sola en la enorme ciudad. En lugar de
volver a casa, se quedó en la ciudad con una mujer que tenían un
tintorería, y comenzó a trabajar con la familia.
Al principio, Zúnduri cuenta que la dueña la trataba muy bien,
la relación era tan estrecha que la chica comenzó a llamar a la mujer
mamá. La mujer supo cómo ganarse su confianza. Sabía que la joven estaba
sola en la ciudad, y su situación vulnerable la hacía perfecta para
retenerla con buenas palabras, comida, una cama y un trabajo.
Pero poco a poco, el trabajo que ella le pedía se fue
incrementando. Primero hacía trabajo en la casa pero no en la
tintorería. Luego le fueron dando trabajo de la tintorería también, y
acabó teniendo jornadas de trabajo de 16 horas. Y ocasionalmente
planchaba ropa durante 20 horas al día.
Y mientras el trabajo se incrementaba, la comida decrecía.
Zúnduri cuenta que una vez pasó cinco días sin comer nada y que estaba
tan hambrienta que masticaba bolsas de plástico de las que usaba para
las camisas de los clientes. Dice que sobrevivió con un poco de agua que
pudo beber de la plancha. Y en esos momentos, dormía ya en el suelo.
La dueña de la tintorería le decía que si ella era como su madre, entonces podía regañarle y corregirla.
No contenta con eso, comenzó a golpearla y decirle cosas como:
“No, es que tú no tienes derecho a decirme nada porque yo soy como una madre para ti y las madres corrigen a sus hijos”.
Las palizas se hicieron algo habitual.
Pero como suele ser habitual en casos de maltrato físico, todo
comienza con un maltrato psicológico, hacen a la víctima sentir que no
vale nada y de esa forma se desprecia ella misma y no es capaz de
defenderse o huir. El mensaje siempre era el mismo: Tú no vales nada.
“Empezó a decirme: es que tu mamá no te quiere, es que si tu
mamá te quisiera estaría aquí contigo, si tu mamá te quisiera te hubiera
vuelto a recibir. El hombre con el que te fuiste tampoco, no te quiere
porque ni siquiera te aguantó, porque no vales como mujer”, cuenta
Zúnduri a CNÑ.
Y después de palizas y humillaciones, cuando pensaba que ya no podían empeorar las cosas, empeoraron. La encadenaron.
“A los animales como a ti así se les trata”, le dijo la dueña
de la tintorería, y le puso una cadena al cuello, y después se la
pasaron a la cintura, para que pudiera seguir planchando ropa. Zúnduri
cree que pasó unos seis meses encadenada.
María Teresa Paredes, abogada de derechos humanos y una de las
primeras personas que vio a Zúnduri después de escapar, dijo que se
horrorizó por las heridas que tenía la víctima.
“No había una parte de su cuerpo que no tuviera una cicatrices, heridas, rasguños, moretones”, dice la abogada.
Sus captores usaban la plancha para quemar diferentes partes de
su cuerpo. La actriz y activista Karla de la Cuesta, que ahora es una
amiga cercana de la víctima, dice:
“Me cuenta que cuando le salían las costras de las quemaduras
después se las quitaban, para que le volvieran a sangrar (…) su
cabecita, se la lastimaron mucho”, dice De la Cuesta.
En abril de 2015, un día que la mujer que la esclavizó dejó las cadenas un poco sueltas, consiguió escapar.
Zúnduri informó a la policía y siete personas fueron detenidas,
incluyendo dos menores. Todos eran miembros de la misma familia. Los
dos menores fueron después liberados. Los otros cinco adultos se
enfrentan cargos de trata de personas y explotación, delitos que se
castigan con al menos 40 años de prisión.
La pesadilla terminó pero las secuelas son importantes. Cuando
escapó tenía una anemia muy alta y los médicos dijeron que su organismo
interno era como el de una persona de 80 años, después de todos los
maltratos sufridos.
La propia Zúnduri contó su historia al alcalde de Nueva York,
Bill de Blasio. Viajó al Vaticano en julio para reunirse con el papa
Francisco. También ha viajado a otros países como Argentina, donde ella
habló abiertamente de su historia de esclavitud.
Su ejemplo puedo dar esperanzas a otras mujeres que estén en situaciones similares para que encuentren las fuerzas para escapar.
Ahora, un año después de su liberación, Zúnduri vuelve a
sonreír. Su sueño es estudiar en una escuela de gastronomía para
convertirse en repostera. Quiere abrir su propia pastelería algún día.
Estamos seguros de que lo conseguirá.
Le deseamos todo lo mejor a esta joven, se merece esta segunda oportunidad de la vida. La vida está por empezar para Zúnduri.

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